Nolan: Esa marca

En la época de las franquicias, los reboots, las IPs y las películas basadas en el ascenso (o caída) de marcas icónicas, llega un señor inglés de 55 años tirando a seriote y se establece como la marca más sólida y confiable del cine mundial. Un seguro en taquilla capaz de gestas tan improbables como situar un biopic acerca de la figura de Oppenheimer (poco sospechosa de atraer a multitudes a las salas) como un blockbuster a nivel planetario con 975 millones de dólares recaudados en todo el mundo. O de conseguir que muchos consideren la secuela de una película de Batman como una de las mejores películas de todos los tiempos (“El Caballero Oscuro” ostenta en estos momentos el puesto #3 en la lista de las 250 Mejores Películas en IMDB, cómodamente situada entre “El Padrino” y “El Padrino Parte 2”).

Independientemente de lo que se piense de esos logros, o de la figura de Christopher Nolan como director, lo innegable es que este fenómeno no ha surgido de un día para otro. Se ha ido cocinando a fuego lento. Película a película. Evento a evento.

Las claves, desde el punto de vista de la comunicación, han sido dos. Por un lado, la diferenciación: Nolan tiene la habilidad (o el talento) de ofrecer algo que, hoy en día, muy poca gente es capaz de confeccionar: blockbusters de autor. Películas de inequívoca vocación comercial que, no obstante, se perciben como “algo más”. Como piezas que, por su ambición, su envergadura, su rigor o su afán de trascendencia se acercan al “cine de prestigio”. Ese al que uno no solo va a apagar el cerebro y comer palomitas.
Sí, hay quien hace blockbusters. Sí, hay quien rueda cine de autor. Pero, hoy en día, muy poca gente consigue tener éxito en los dos ámbitos. Y menos, a la vez.

La otra clave es la coherencia. Nolan lleva defendiendo y perfeccionando una manera de entender el cine y la narrativa que uno podía reconocer tanto en los primeros compases de su carrera como en cada plano de “La Odisea”. Unas temáticas y un modo de hacer que siempre están presentes, ya sea en un thriller a medio camino entre lo soñado y lo real, en una odisea espacial, en un duelo a muerte entre ilusionistas o en una recreación bélica a ritmo de cuenta atrás.

Dicho de otro modo: hoy, solo Nolan hace las cosas que hace Nolan. Y el cineasta, con criterio, se ha encargado de que el público, a lo largo de más de dos décadas, haya aprendido a ser consciente de ello. De grabarle a fuego lo que sus películas (al menos supuestamente) van a ofrecerle. Un punto y aparte. Algo que merece la pena ver en salas.

En ese sentido, las marcas tienen que aprender mucho de Nolan. Del modo en el que la progresiva construcción a largo plazo de su figura y su percepción como director por parte del gran público tiene un papel fundamental en los resultados que, de manera inmediata, sus películas tienen en su primer fin de semana.

Porque las marcas (y los resultados asociados a ellas) no se improvisan. Se construyen. Y gran parte de esa construcción consiste en hacer evidente lo que son y lo que las diferencia de una manera continuada y coherente en el tiempo.

¿El riesgo de no hacerlo? Que la marca no se mueva. O peor: que acabe por retroceder cuando, en realidad, debería estar avanzando.

Muy “Tenet”, eso.

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